En 1978 el pueblo iraní inventó algo nuevo: un revolución islámica. Fue un hecho histórico sorprendente y hasta insólito no sólo para los países occidentales, sino también para la mayoría de los países orientales, entre ellos los de mayoría musulmana. En plena guerra fría sólo cabían dos vías la capitalista y la socialista. Las masas musulmanas no era ajenas a la realidad del mundo y las ideas que se disputaban tenían el color de de los dos bloques que se peleaban por la hegemonía del mundo. Pero de repente surgió una revolución a toda regla en Irán, protagonizada por lideres religiosos, intelectuales, estudiantes y obreros. Una revolución que abogó por la justicia social, por la democracia y por la protección y la nacionalización de las riquezas del pueblo.
En occidente e se declaró enemistad a la nueva revolución porque derrocó a un gran aliado del bloque capitalista, al sah Reda Bahlawi y porque, también les quitó la alfombra a los partidos de izquierdas iraníes, que no conseguían conectarse con el pueblo. Algunos lideres se apresuraron a declarar que esta revolución no puede aguantar, ni administrar el país más de tres meses.
En los países musulmanes colindantes, gobernados por monarquías absolutas o por militares golpistas con enderezos socialistas o panarabistas, la situación no fue mejor. Tampoco las elites intelectuales recibieron con entusiasmo la nueva revolución. la moda, en aquel entonces, fue el marxismo y el socialismo y su reacción fue de desaprobación o en los mejores casos de indiferencia .
Sin embargo, la revolución iraní no sólo sobrevivió tres meses, sino que también a una guerra de ocho años, financiada por regímenes petroleros de la zona, apoyada y armada por las dos grandes potencias y llevada a cabo por un alocado Sadam. A eso, hay que añadirle, por supuesto, las trabas y los obstáculos puestos en sus relaciones de intercambio con el mundo y un asfixiante e injusto embargo americano.
Son más de treinta años, pues, sobreviviendo y de qué manera. En estos treinta años la revolución insólita de antaño se ha convertido hoy en un modelo a seguir para muchos países. Las elites y las masas musulmanas ya no miran con desprecio, ni con indiferencia a la revolución iraní, sino con un gran respeto y admiración.
En treinta años de la república islámica de Irán ha tenido cinco presidentes, mientras que lideres de regímenes amigos de Occidente se han podrido en el poder durante una época similar o superior a la edad de la joven república. En treinta años, y a pesar de los gastos de la época de la guerra, la república islámica ha conseguido proporcionar a su pueblo una prosperidad razonable, una enseñanza decente, en la que las mujeres son mayoría en las universidades, una autosuficiencia alimenticia, una industria fuerte con fabricación propia de muchos materiales codiciados en el mundo, un desarrollo económico notable, un programa nuclear para responder a las exigencias industriales del país e incluso un programa espacial que está dando con gran acierto sus primeros pasos.
Si la prensa occidental ha buscado denigrar al régimen iraní y disminuir su influencia en la zona, su objetivo está abocado al fracaso. Puede que sí algo ha servido para el consumo interior dentro de la población occidental, pero para un joven egipcio o jordano, para dar un ejemplo de dos regímenes litres de Estados Unidos, las imágenes de un Teherán limpio, con tráfico ordenado a pesar de las protestas y con manifestantes bien vestidos y alimentados, mientras en sus propios se muere gente en cola para comprar el pan, son impactantes. Leyendo entre líneas y entre imágenes podemos llegar fácilmente a la conclusión de que la nación que consigue que sus ciudadanos tengan medio millón de blog de internet diarios, que reclama cambios políticos o sociales usando de una manera masiva las redes sociales y la última tecnología de internet es una nación que merece un gran respeto y su régimen un merecido reconocimiento.
Ahora a ver cómo van a justificar Estados Unidos o Israel un eventual ataque a Irán habiendo tanta gente, que ellos creen que han votado por un cambio de gobierno y cuya voluntad popular se ha falsificado. El descontento de los habitantes de Teherán, que de hecho fue la única ciudad grande junto a Erdabe donde ganó Musaví, es comprensible pero no justifica considerarlo como único argumento para juzgar a las elecciones iraníes como un pucherazo. El lema de los teheraníes ¿dónde está mi voto?, que aquí se ha convertido en una máxima y la prueba irrefutable del gran fraude que fueron las elecciones iraníes, es un lema nada o poco democrático. En un sufragio universal se cuentan los votos de todos los ciudadanos y todas las regiones. si no es así Zapatero ahora no sería el presidente ya que en Madrid ganó Rajoy, y el mismísimo Obama sólo sería el presidente de la mitad de los Estados Unidos.
En este sentido, Ahmedinjad ha currado bastante su legislatura, ha descentralizado el poder y ha viajado incansablemente a todas las regiones y zonas de Irán. Así que mientras Musaví, el candidato preferido de Occidente gozó de unos cuantos años sabáticos sin hacer política ninguna, Ahmadinajad viene de una demostración de gestión impecable frente a la alcaldía de Teherán reconocida por organismos internacionales de urabanismo y luego de una legislatura se indetificó con la gente más humilde vistando aldeas remotas, reconociendo derchos de minorias y generlizando seguros de trabajo y médicos a obreros rurales.